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Georgina Lloyd

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Figuraciones

Soy una chica que camina por ahí viviendo un cuerpo sensible.

 

Sangre

¿Podría amar alguien más intensamente que él a Malena? Se lo preguntaba a menudo, más aún cuando por las noches saltaba de la cama, con sus aterradores sueños… (esos que pueden hacer que el soñante apriete los puños, llore, grite y  se sienta totalmente aliviado al despertar). En esas escandalosas noches, ebrias de pesadillas para él, tibias de dulzura para ella…era tranquilizador verla dormir. Su hombro apenas destapado, sus labios casi besando el sueño, siempre tibios…a veces desesperados. No, nadie podría amar más a una mujer que él a ella. 

Esa noche fue como otras tantas, luego de acostarse y rodear su cintura con sus brazos el sueño fue apoderándose lentamente de él. Primero las piernas comenzaron a quedar sin fuerza, luego el galopante hormigueo se extendió al abdomen hasta que ese ejército intrépido lo dejó inconsciente. No pasó más de un minuto, o por lo menos eso creyó él, hasta que el gris reemplazó al negro y sintió como sus puños abollaban la carne de ese rostro, que había perseguido varias noches, pero que no había alcanzado antes. Uno tras otro, con un ritmo atlético (y macabro), sus puños rompían los huesos de la cara. La nariz se había hundido, el ojo se ennegrecía más con cada golpe hasta finalmente dejó de verse, tapado por la cascada de sangre que se desprendía del párpado. Los golpes siguieron, fueron diez o quince hasta que dejó de moverse.Tomó la cabeza desde la nuca, a simple vista era un rostro sin edad, sin tiempo, era rojo y chato…así lo había dejado.

Se levantó y al ritmo que sus latidos se tranquilizaban su cerebro enloquecía. ¿Qué había hecho? Miró sus manos, supo que era culpable, ¿culpable de soñar con la muerte? Ese debía ser el final de sus pesadillas, creyó. Abrió sus ojos, hizo fuerza para abrir no los que sentía, sino esos ojos que seguían cerrados imaginándolo. No pudo. Él, el cadáver, la sangre, no desaparecían. Ella, su divina amante no estaba. Luchó contra su propio cuerpo una y otra vez pero la fórmula para “despertar” no estaba entre las que conocía en ese episodio de sus escapadas nocturnas.

De repente, a lo lejos de ese callejón muerto, comenzaron a escucharse carcajadas, corridas, pasos adolescentes. Sintió miedo, sí, miedo y culpa. Corrió hasta percibir que el corazón le aprisionaba el pecho. 

¿Podría amar alguien más intensamente que el a Malena? Se lo preguntaba a menudo, más aún cuando por las noches saltaba de la cama, con sus aterradores sueños… (esos que pueden hacer que el soñante apriete los puños, llore, grite y  se sienta totalmente aliviado al despertar). En esas escandalosas noches, ebrias de pesadillas para él, tibias de dulzura para ella…era tranquilizador verla dormir. Su hombro apenas destapado, sus labios casi besando el sueño, siempre tibios…a veces desesperados. No, nadie podría amar más a una mujer que él a ella. 

Esa noche fue como otras tantas, luego de acostarse y rodear su cintura con sus brazos el sueño fue apoderandose lentamente de él. Primero las piernas comenzaron a quedar sin fuerza, luego el galopante hormigueo se extendió al abdomen hasta que ese ejército intrépido lo dejó inconciente. No pasó más de un minuto, o por lo menos eso creyó él, cuando el gris reemplazó al negro y sintió como sus puños abollaban la carne de ese rostro, que había perseguido varias noches, pero que no había alcanzado antes. Uno tras otro, con un ritmo atlético (y macabro), sus puños rompían los huesos de la cara. La nariz se había hundido, el ojo se enegrecía más con cada golpe hasta finalmente dejó de verse, tapado por la cascada de sangre que se despdrenddía del párpado. Los golpes siguieron, fueron diez o quince hasta que dejó de moverse. Tomó la cabeza desde la nuca, a simple vista era un rostro sin edad, sin tiempo, era rojo y chato…así lo había dejado. Se levantó y al ritmo que sus latidos se tranquilizaban su cerebro enloquecía. ¿Qué había hecho? Miró sus manos, también tenía un dedo deformado, los violentos golpes habían tenido efecto también en él. Supo que era culpable, culpable de soñar con la muerte??? Lo había hecho y ¿ese sería el fin de sus pesadillas reiteradas? Abrió sus ojos, hizo fuerza para abrir no los que sentía sino esos ojos que seguían cerrados imaginándolo. No pudo. Él, el cadaver, la sangre, no desaparecían. Ella, su divina amante no estaba. Lucho contra su propio cuerpo una y otra vez pero la fórmula para “despertar” no estaba entre las que conocía en ese episodio de sus escapadas nocturnas. Incluso, a lo lejos de ese callejón muerto, comenzaron a escucharse carcajadas, corridas, pasos adolescentes. Sintió miedo, sí, miedo y culpa. Corrió hasta sentir que el corazón le aprisionaba el pecho, se tumbó en el fondo de la vieja estación de tren, junto a un viejo sulqui recién pintado. Otra vez sientió como un regimiento de hormigas confiscaba su humanidad  y también, de nuevo, ella volvió a estar ahí. Como una muñeca perfecta, como una diosa con sueños salvajes. ¿Cuándo podré dormir una noche entera, sin soñar?- Pensó, mirando sus labios rojos, más rojos que nunca y goteando. Perdiendo sangre, hundiéndose, deformándose, perdiendo toda perfección. La realidad horrible del asesino se comía de a poco el idílico paraíso del soñante. Se tumbó en el fondo de la vieja estación de tren, junto a un sulky del siglo XIX. Tirado, como un mendigo asustado, volvió a sentir ese regimiento de hormigas que confiscaba su humanidad  y también, de nuevo, ella estaba otra vez ahí. Como una muñeca perfecta, como una diosa con sueños salvajes. ¿Cuándo podré dormir una noche entera, sin soñar?- Pensó, mientras miraba su hombro pálido. Salió lentamente de la cama, encontró sus labios rojos al mirarla desde el rincón de la habitación, frunció el ceño. Se aseguró, esos labios estaban más rojos que nunca y goteando. Perdiendo sangre, hundiénse, deformados, ya no perfectos sino sufridos. La realidad horrible del asesino se comió esa noche el idílico paraíso del soñante. 

“El baile” de Irene Nemirovsky

Ansiedad..por leer?

Solo aquel que encontró un libro para él, escrito para él, pudo sentir esa tensión ansiosa, dulce y asocial que provoca el libro perfecto. 

Hoy lo compré, hace 2 horas, ya lo inspeccioné, lo toqué, lo hojeé, lo olí…solo falta que empiece a leer, que me sumerja descaradamente en otro tiempo, otro espacio…

Cuándo?

Después de cenar, cuando las 12 se ubiquen en el reloj, y todos los vecinos vayan apagando las luces, de a poco, casi sincronizados, voy a llegar a la cama, ya sin maquillaje, todavía con resquicios de menta en la boca y fragancia a fresas y champagne en la piel y hasta no llegar al final…no voy a cerrar los ojos. 

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(Source: tumblr.com)

Muchas veces describió ese lugar, cada palabra fue una pieza, cada frase generó una sensación. La piedra fría, escarchada a veces, mojada siempre. El viento patagónico que castigaba los cuerpos, los arbustos secos que lastimaron tantos pasos.
Sin sangre  y maniatada por el robo, la piedra quedó huérfana.
Una imagen, como otras paso frente a mis ojos, sin descuido la reconocí…se ubicó sobre otra, mental, construída en retazos de dolor y honra, de angustia y lágrimas muertas, asfixiadas en cada noche costera.
Encontrar, desmitificar la historia y tragar la hiel, amar lo alejado injustamente. Qué triste relato. Cuando la patria grita de dolor en una piedra, cuando la bayoneta es el auxilio de la bandera y falla…lo que nos queda es el resto incompleto, no hay todo, hay falta. Hay dolor.

Muchas veces describió ese lugar, cada palabra fue una pieza, cada frase generó una sensación. La piedra fría, escarchada a veces, mojada siempre. El viento patagónico que castigaba los cuerpos, los arbustos secos que lastimaron tantos pasos.

Sin sangre  y maniatada por el robo, la piedra quedó huérfana.

Una imagen, como otras paso frente a mis ojos, sin descuido la reconocí…se ubicó sobre otra, mental, construída en retazos de dolor y honra, de angustia y lágrimas muertas, asfixiadas en cada noche costera.

Encontrar, desmitificar la historia y tragar la hiel, amar lo alejado injustamente. Qué triste relato. Cuando la patria grita de dolor en una piedra, cuando la bayoneta es el auxilio de la bandera y falla…lo que nos queda es el resto incompleto, no hay todo, hay falta. Hay dolor.